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  • María Silva

Partidos y Acuerdos: su importancia en una democracia

A inicios de los procesos electorales 2017-2018, llegaron a la Sala -en diversos momentos- varias demandas relacionadas con la toma de decisiones al interior de un partido político que involucraban la integración de sus órganos internos.


Considerando el momento en que sucedía este conflicto, quedaba claro que lo que estaba por definirse podría tener implicaciones en la decisión de si ese partido celebraría algún tipo de alianza con otro en las pasadas elecciones y en la determinación de las candidaturas que se postularían, así que la cosa no era menor.


En México ya existen las candidaturas independientes. El primer ciclo en que surgieron de manera general, fueron pocas las personas que ganaron por esta vía. Hubo quien opinó que eso se debía a la curva de aprendizaje, otras personas afirmaron que se debía a requisitos demasiado complejos, pero, una vez sentados los criterios de interpretación de las normas por los tribunales, sería menos arduo el camino.


La verdad es que una vez pasados los procesos electorales 2017-2018 quedó claro que en México sigue existiendo un sistema de partidos. Y no está mal. Tanto los partidos como las candidaturas independientes o sin partido tienen sus ventajas y desventajas. Y en ambos casos, la mayor defensa de las democracias contra los riesgos de un sistema u otro, depende de los valores democráticos de las personas.


México tiene un sistema en el que, salvo de manera excepcional, si un ciudadano o ciudadana quiere ocupar un cargo de elección popular, debe postularle un partido político.


Ese es uno de los fines que constitucionalmente deben cumplir los partidos: ser la vía para que la ciudadanía llegue a los cargos públicos.


Los partidos políticos son una ficción jurídica, no pueden existir sin personas físicas que los conformen. Existen por y para ellas. Para actuar, para tomar sus decisiones, dependen de sus integrantes y dirigentes. Y esas decisiones afectan e impactan a la sociedad completa.


Son los partidos quienes definen casi en su totalidad, los nombres de las personas que aparecen en la boleta y en consecuencia, quién nos gobernará. De ese tamaño es la relevancia de los partidos en nuestra democracia. Y por eso es importante que quienes los integran sepan escuchar y dialogar y sobre todo, que sepan tomar acuerdos.


Recuerdo que en algún momento, durante el caso que comento, llegué a pensar que existía la posibilidad de que el partido no pudiera resolver su conflicto y desapareciera [1], lo cual sería una tragedia porque su historia reflejaba que era una buena opción para la ciudadanía. Una opción que representaba a cierto sector de la sociedad.


Eventualmente dejaron de llegar las demandas y vi después que el partido había registrado candidaturas. Las diferencias al interior fueron superadas y el partido cumplió una de sus finalidades.


Esta semana me acordé de este asunto. Hace mucho no leía tan polarizada a la sociedad en redes sociales: “chairos” contra “fifís”, AMLOvers contra PRIANistas. Por más encono que haya, por más dividida que esté la sociedad, pelear entre nosotros y nosotras solo debilita nuestro país. Los problemas ya existen. La descalificación mutua no sirve de nada. ¡Ojalá logremos pronto, como hicieron en ese partido, escucharnos, dialogar y construir juntos el país que queremos!


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[1] ¿Por qué podría desaparecer un partido político por sus conflictos internos? Si el conflicto es de tal magnitud que impide a su dirigencia llegar a acuerdos básicos respecto a cómo participar en una elección (en coalición, candidatura común o de manera autónoma) y cómo elaborar la convocatoria para sus candidaturas, podría perder el registro ya sea por no participar en el proceso o por no alcanzar el porcentaje de votos necesario para conservar su registro.

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